enrique sánchez
enrique sánchez

Enrique Sánchez
Aprendí a tocar la guitarra porque mi hermano mayor José tocaba la guitarra. Recuerdo que cuando él empezó no sabía afinarla bien del todo, como es lógico, y se lo tenía que pedir a un amigo que tocaba en una rondalla. Yo, que era un carajo de la vela de once o doce años la trinqué un día que él no estaba y me dije para mí que aquellas clavijas puestas de cualquier manera deberían estar bien alineaditas para que sonara mejor, así que eso hice. De forma que mi primera experiencia musical activa fue desafinar una guitarra.
Por suerte para mí, mi hermano no sólo no me estranguló, sino que me fue enseñando como eran los acordes de guitarra e incluso me la prestaba para que yo practicara tras jurarle por nuestra santa madre que nunca más tocaría el clavijero. Luego el empezó a tocar en un grupo formado por amiguetes suyos de nuestro barrio de la Isleta y un día ví una actuación en el club Victoria y me pareció que aquello molaba un montón. Otro día que pasaba por delante del Corinto, oí desde la calle a los Sobrinos de la Tía Tula tocando No Milk Today de Manfred Mann y me quedé embelesado porque aquello sonaba a gloria. Y como ya devoraba todos los discos que podía de los Beatles, los Rolling y demás, pues allá por el 67, los Reyes Magos me dejaron una guitarra Suzuki roja con el golpeador cromado, igualita a la de mi hermano que era azul (mi padre era muy salomónico) y que además de sonar metía unos calambrazos de espanto. Esa fue mi primera guitarra más o menos de verdad. Y otra seña de identidad: hacer lo que veía hacer a los demás. Así aprendimos la mayoría de los que nos gustaba la música, porque el conservatorio y el solfeo, ni olerlo.
Después, mi primer grupo, los Whighs con amigos de la pandilla. Yo tocaba una guitarra, Juan Antonio otra, Miguelo Mustafá, que vivía en el piso de abajo, la batería y Francis cantando. Empezamos a tocar sin bajista concreto, muchas veces ensayando solo los cuatro, hasta que se unió Javier Guerra. Al principio sonaba a cacharro, pero poco a poco aprendimos todos a tocar todos a la vez. Tocábamos desde la Escoba de los Sirex hasta Satisfaction de los Rolling, y lo que se terciase, verbenas en Tejeda o fiestas de Fin de año en el Victoria, por cuatro duros, lógicamente y aquello duró poco más de un par de años.
Un día, ya disuelto el anterior grupo, me llamó Javier Guerra para tocar el bajo en un grupo a trío con un tal Juan Luis Perdomo que luego resultó ser un enorme batería. Nos llamábamos Lord’s Foundation, tocábamos varias veces por semana y como había pasta me hice con mi primer equipo de lujo: una cabeza Vox Dinamic con una caja Dynacord SBG que pesaba un quintal y un precioso Fender Jazz Bass negro. Tocábamos muchos temas de Javier, que era muy bueno componiendo y que tenía una Fender Stratocaster Stereo que en su día fue de Vicente Ferrer, enorme guitarrista de los Sobrinos de la Tia Tula. Fue muy divertido y enriquecedor.
Cuando esa etapa terminó y me quedé sin equipo, porque aún no lo habíamos pagado, vino a continuación la de Kukaramakara. El grupo se gestó en torno a una vieja casa terrera de Guanarteme de la familia de Richard Hiller, que tocaba una guitarra. La otra la tocaba un tal Juan Torres, que con el paso del tiempo se ha convertido en el socio con que más tiempo he tocado. Pablo Falcón tocaba la batería y, como tenía mas experiencia que todos nosotros, dirigía el cotarro y nos metía en vereda. Esa fue para mí la etapa más productiva y en la que más aprendí y me desarrollé musicalmente, hasta el punto que incluso era la voz solista además de tocar mi bajo Fender Mustang nuevecito. Ahora, miles de cartones de Coronas después, solo me atrevo a hacer algún coro lo más bajito posible.
Como había que sacar pasta de algún sitio, y Kukaramakara era puro amor al arte, todos los del grupo, excepto Richard (en cuyo lugar lo hacía Manolo Benítez, luego guitarrista de Teclados Fritos) tocábamos alternativamente en los Sterling, un grupo en plan industrial para hoteles, bodas y bautizos. Creo que me vino bien ese otro aspecto de la música, siempre es bueno coger varias perspectivas.
Después del paréntesis de la mili vino la etapa de Hermanos Brothers, el grupo en que más tiempo he estado. El tiempo ha hecho honor al nombre, porque aquello más que un grupo era una hermandad. Ensayábamos en Tafira, en casa de Jeremías Lemes, que tocaba la bateria. Juan Torres tocaba una guitarra y su hermano Pepe la otra aunque también en una etapa Richard Hiller se dejó caer por allí. Cantaban Gabrielo Casanova, en la primera etapa y Jose Verona después. Fueron unos cuantos maravillosos años.
Después me llamo Juan Torres para tocar el bajo en United, junto con Alfredo Santana en una de las muchas formaciones que tuvo el grupo. También se vino Jeremías a tocar la percusión y Gabrielo a cantar. Duró menos de un año y fue una pena porque sonaba muy bien.
Luego de un pequeño intervalo en blanco vino el Expreso del Guiniguada, con Juan y Pepe Torres, Jeremías, Javier Oliveira, Gabrielo y Carlos Teja. No duró demasiado, apenas un año, y luego, el batacazo, la muerte de Pepe Torres, mi hermano brother del alma. Para mi fue un palo tremendo.
Todos los que tuvimos la suerte de tocar con Pepe, organizamos un concierto en su memoria en las Alcaravaneras. Fue un concierto precioso y para mí el último antes de un gran vacío musical de casi diez años en el que lo más que hice fue tocar un par de boleros en algún asadero que otro.
Pero como en todo asadero que se precie debajo de la ceniza siempre hay rescoldo, hace más o menos un año que me volvió a llamar Juan Torres para vernos junto a Jose Verona y tocar un poco. Y empezamos a ensayar junto con Paco Santana, batería de Krull para matar el gusanillo. Luego le echamos el guante a Alfredo Santana. Cuando Paco dejó el grupo por problemas personales, llamamos a Emilio Molina, que apenas empezando a ensayar también nos tuvo que dejar. Así que ante tal maldición de baterías ya nos estábamos planteando una aséptica caja de ritmo cuando nos acordamos de un batería con el que ya habíamos coincidido en el concierto de homenaje a Pepe Torres, un tal Miguel Arencibia, un batería de auténtico lujo. Tanto, que nos dijimos, “bueno vamos a llamarlo, pero seguro que no va a querer”. Así que cuando dijo que sí, que se venía a tocar yo no me lo pude creer.
Y tanto que no me lo puedo creer. Ahora, cada vez que voy a ensayar me lo paso de auténtico lujo, me río un montón y toda la buena o mala leche del día fluye de mis dedos hacia los trastes del bajo, luego sigue por el cable hasta el altavoz de mi amplificador y de ahí se disuelve en el aire en forma de música. Es una sensación que había perdido y he vuelto a recuperar. Y además, estoy tocando con los mejores. Pues que viva la música.
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